|
En
tiempos muy remotos, existió el más grande General de todos
los tiempos, de nombre Belisario; temido y respetado por sus
enemigos, y odiado por su Rey, quien envidiaba su talento.
En
cierta ocasión, Belisario transitaba por tierras extrañas, solo
acompañado por un puñado de sus caballeros, los más adelantados,
así como por su fiel asistente Dimas, a quien todos ignoraban
por no reconocer talentos naturales en su persona.
Aún
así, Belisario, para sorpresa de muchos, y risa de todos, mantuvo
a Dimas como escudero y fiel acompañante, por todos los días
de su vida.
En
aquel viaje, volvían victoriosos de una campaña con las tropas
del Sur, habiéndose adelantado al resto de su ejército, para
tomar las riendas de otra de las huestes del Rey, que estaba
siendo hostigada, en la frontera Norte, por aquellos de un pueblo
vecino, salvajes y aguerridos sobremanera.
El
Rey, asustado, le urgió a Belisario en su vuelta mediante muchos
mensajeros, y éste, fiel cumplidor con lo ordenado, trataba
por todos los medios de acelerar su regreso.
Parados
en una aldea perdida, en territorio hostil, encontraron fonda,
casi por milagro, y allí se disponían a pasar la noche, para
partir al rayar el Alba, pues aquella noche era de Luna nueva,
y sabían que los peligros habrían de ser muchos para marchar
de noche en tales condiciones.
Cuando
estaban resignados a permanecer, llegó, tal vez inspirado por
los Dioses, un nuevo mensajero del Rey, malherido y deshecho
su espíritu, que había sido capaz de dar con ellos, váyase a
saber porqué mistérico azar.
Las
pocas palabras que le oyeron pronunciar hasta su cercana muerte,
fueron de urgencia vital e inmediata.
Belisario
frunció el ceño, cosa que raras veces hizo en su vida, y comunicó
a todos, que no esperarían a la luz del cielo, y cabalgarían
con la luz de la esperanza de poder ser útiles en la terrible
batalla que en la frontera Norte, contra sus soldados se cernía
como fajín de dama.
Muchos
torcieron el gesto, y hasta los valientes sintieron un cuchillo
en el Alma, pues diferente es perder la vida con honor en el
campo de batalla, que en la noche oscura de un bosque sombrío
ser pasto de lobos, o de ladrones carnaza, o acaso ser asesinados
por la espalda, por rufianes de la más baja calaña.
Así
los ánimos, sonrió Belisario, como el amante que tras un suspiro
descubre un sí en los ojos de su amada.
Les
informó que no todo habrían de ser desgracias, y casi en un
susurro les encomendó una tarea sagrada.
-
Habréis -Les dijo- de encontrar a una persona en el pueblo que
nos guiará en nuestra marcha, habrá de ser sin duda alguien
extraordinario, todo un personaje en el sentido más laso de
la palabra.
Aquella
intuición le había venido a Belisario de lo más recóndito de
sus entrañas, como tantas veces en plena batalla, había salvado
el día, con los mensajes de su Alma.
Los
caballeros, acostumbrados a obedecer las órdenes de su General,
como si fueran mandatos divinos, salieron raudos y en manada
a recorrer en la aldea todas las casas, para encontrar a aquel
Maestro de Caminos, quién en la noche oscura sus vidas resguardara.
Una
vez salieron, Belisario, se quedó muy fijo en su asistente,
y le dijo:
-
Dimas, algo de esta empresa me mantiene intranquilo, como si
un ingrediente a la pócima faltara. Ve tú también, mi fiel camarada,
mi hermano de tantas vidas, mi escudo y mi espada, busca a ese
ser, humano o engendrado por la Magia, porque en el tiempo difícil
tu sabiduría se hace más necesaria.
Así
Dimas, sin mediar palabra, siguió los pasos de aquellos caballeros
de larga espada.
Belisario
quedó en soledad, no muy frecuente aunque siempre deseada, pues
le ayudaba a estar en paz con su Dios y con todos los que fueron
muertos por su espada, a quienes quería y respetaba, y a quienes
en su silencio más profundo lloraba.
No
hubo de pasar un largo tiempo, hasta del primer caballero la
llegada. El otro quiso informar, mas Belisario le indicó en
un simple gesto que aguardara.
Menguaron las líneas de sombra en la vela que alumbraba, y en
cada línea volvía un camarada.
Así
terminaron de allegarse todos, excepto el fiel Dimas, aquel
que en el Corazón de Belisario como mayor luz de afecto brillaba.
Todos
se agitaban en sus petos, preguntándose porqué el General esperaba,
pues contaban que eran quince, tantos como en la búsqueda participaran.
Cuando uno le preguntó, Belisario respondió con una sola palabra:
-
Dimas.
Todos
los caballeros se extrañaron de la respuesta; detener la misión
de rescate por la ausencia de un bufón, un lacayo, un aprendiz
de nada.
Y
pasaron varias líneas más en la mesa que el pabilo alumbraba,
y al fin dieron un suspiro, Dimas llegaba.
Ya
cuando estuvieron todos, Belisario requirió reportes por el
orden de llegada.
-
Encontré a un hombre rudo, grande y fuerte como una montaña,
tal vez sea algo tosco, pero no se asusta ante nada. -Informó
el primer caballero.
Belisario
asintió.
El
siguiente caballero tomó raudo la palabra. - Encontré un pastor
astuto, listo como el hambre, una mente preclara.
Belisario
sonrió.
El
tercer caballero se alzó mientras declaraba:
-
Encontré de todo el pueblo, al más sabio que se hallara, quizás
no sean fuertes sus brazos, pero es fuerte su mirada.
Belisario
puso los brazos en jarras.
Así
fueron compareciendo el resto de caballeros, con ejemplos tan
dispares, que se diría que aquel paraje alejado del Mundo, era
un vórtice del Cosmos, donde las Almas preparadas, tomaran luz
de regreso hacia esta Tierra cansada.
Ya
solo restaba Dimas, aquel que todos ignoraban, a quién llamaban,
si no eran escuchados, "el bulto que Belisario cargaba sobre
sus espaldas".
-
¿Qué encontraste tú, mi fiel Dimas?
-
Le sonrió el General. - Se llama Luis - Dimas respondió.
- Y ¿ese es su talento?
-
Uno de los caballeros entre risas metió cizaña, y el resto le
acompañó en la carcajada.
-
Ese es su nombre, Sire.
-Le
respondió respetuoso Dimas
-
Luis es un hombre sencillo, no es fuerte ni recio, y de su frescura
se diría que solo primaveras y ningún invierno padeció su cuerpo;
tampoco es astuto en demasía, ni necesariamente inteligente,
creo con total seguridad que no posee ningún talento extraordinario.
-
Entonces -Bramó uno de los caballeros
-
¿Qué clase de burla es ésta, que ofreces al hambriento una piltrafa?.
-
Perdón Sire -Respondió Dimas- Luis tiene algo, que en esta noche
oscura y sin Luna, nos es más necesario que un millar de espadas,
Luis tiene un farol, que llena de luz el horizonte y las sombras
derrite, como hace el Sol con la nieve más cuajada.
Se
rió Belisario, como cuando niño disfrutaba, y anunció a sus
caballeros y a su más querido camarada:
- Desde luego es Luis la compañía que yo esperaba -Y
les sonrió a todos como un padre benevolente-
Nos sobra fuerza en los brazos, cargados de batallas; la astucia
ya nos viste, y solo cambiaremos tal vestimenta por la mortaja;
y solo con inteligencia hemos sobrellevado la vida en la que
caminamos, que es el filo de una espada; pero esta noche no
hay Luna, y la oscuridad nos reclama, y allí, sólo Luis y su
farol, marcarán la diferencia entre el todo y la nada.
Los
caballeros quedaron mudos, sin comprender una palabra. Todos
marcharon descontentos en el viaje que les aguardaba, sólo Luis
"el del Farol", Belisario y su fiel Dimas, disfrutaron de esa
noche, como si fuera mañana clara, y al fin, ellos tres apreciaron
el resultado de todo, llegaron vivos a ver despuntar un Sol
redondo en lontananza; lástima que los caballeros no supieran
apreciar, que el Farol de aquel Luis extraño, sus vidas salvaba.
Después
de este viaje, y de la batalla en la que se vieron envueltos,
vinieron otras victorias, una tras otra, y todos se extrañaban
del extraño séquito que a aquel General rodeaba, un lacayo contraído
y de hosco mirar, y un callado servidor, casi invisible, que
siempre en sus manos portaba un Farol.
FIN.
|